CICLO POSTISTA – I – ALGUNOS PARADIGMAS DE LA POESÍA POSTISTA, por Amador Palacios

Eduardo Chicharro Briones pintado por su padre, Eduardo Chicharro Agüera Odisea Cultural
Eduardo Chicharro Briones pintado por su padre Eduardo Chicharro Agüera
Bajo el título de «Ciclo Postista» Odisea Cultural pretende recuperar algunas de las ponencias que iban a participar este año en el tristemente cancelado CURSO EXTRAORDINARIO «POSTISMO, UN MOVIMIENTO EXPANSIVO» organizado por Alicia Silvestre Miralles en la Universidad de Zaragoza.
Así, este «Especial Ciclo Postista» ofrecerá estos contenidos a los lectores de nuestra revista y a todos aquellos interesados en este movimiento que no pudieron disfrutar de este evento académico, y de igual forma que el propio curso mencionado, intentará divulgar el movimiento artístico del postismo a la luz de las más recientes investigaciones, reflexionar sobre la vinculación del postismo con la posmodernidad, estudiar la influencia del postismo en las poéticas de la segunda mitad del siglo XX y abrir un espacio creativo y libre para la discusión y el estudio de este rico movimiento multidisciplinar, tan poco conocido todavía por muchos lectores y, también, tan poco «reconocido» por otros.
Es un placer daros la bienvenida a este «Ciclo Postista» que inauguramos con un texto del poeta, ensayista y traductor, Amador Palacios. Esperamos que disfrutéis de la lectura.

 

ALGUNOS PARADIGMAS DE LA POESÍA POSTISTA

Amador Palacios

Comenzaremos seleccionando un poema muy interesante de Félix Casanova de Ayala, el menos resonante de los miembros componentes del postismo.

Es un poema que se titula “Marina”, elaborado en cuatro estrofas:

No me cansa si te sigo por el agua
ni la danza que te digo por la arena,
por lo mismo que las aves son distantes
y distintos en los ojos los ocasos.

A qué lado marinero considero
ese tuyo vuelo cuyo cielo enmarca
y desmarca cielo tuyo grácil vuelo,
ola sola, barcarola, núbil ala.

Ahora vienes de viejísimas arenas,
de morar concavidades de silencio,
y en los ojos de los mares viendo mares
haces peces y deshaces los abismos.

Cuanto más que contorsiones en tu mano
paraíso destellado sobre el nácar,
iban soles, iban sueños, iban mundos,
en efecto de centrípetos encajes.

El carácter más potente de esta composición, además de la disposición del léxico en su sintaxis, originando una singular semántica, es el intenso ritmo que ostenta. Los versos son dodecasílabos y cada uno conserva tres pies de cuatro sílabas cada uno con acento en la tercera.

El poema tiene un ritmo monótono y por lo tanto muy musical. Con su elaborada escritura, se asemeja mucho en sus recursos a la poesía oral. No en vano el Manifiesto del Postismo proclama que esta vanguardia remonta a Homero.

Comenta Irene Vallejo en su libro El infinito en un junco, una espléndida, amena y rigurosa, historia del libro en la Antigüedad, que “el ritmo no es solo un aliado de la memoria, sino que es también un catalizador de nuestros placeres –la danza, la música y el sexo juegan con la repetición, el compás y las cadencias-”. Este enfático ritmo tiene mucho que ver también con esa emblemática risa zen que es una máxima enseña del Postismo.

El segundo ejemplo a tomar es la “Carta de noche a Carlos”, de Eduardo Chicharro, dedicado, naturalmente, a Carlos Edmundo de Ory:

Carlos yo te escribo trece trenes
trinos trece te estremece
y te envío mecedoras
a tu casa.
Que tu casa es una cosa
que no pasa.
En el filo sutilísimo te escribo
del estribo.
Puesto el pie en el mismo digo
como sigo por el hilo de tu higo
en el higo sutilísimo que sigo.
De mi casa a la tu casa sigo sigo
enviando mecedoras rutilantes.
Por la noche duermo, sueño, como, orino,
sueño papa manos pone tuyos hombros
cara tiene nívea cera transparente
gesto ambiguo de sus labios mucho temo
pasan cabras por sus ojos, dame leche
y en un coche por la estrecha remolacha
por los siglos de los siglos que me orino.
Pasan ciervos por mis ojos
luchan truchas en mi lecho
por debajo pasa el grajo, por la orilla la abubilla.
Que mis huesos son de corcho sueño a veces
y las heces que vomito son como oro.
Un gigante se aparece cada noche
y me dice cada cosa cada cosa,
cada cosa que no entiendo va y me dice.
No me llama por mi nombre el gigante ese
ni me tira de la oreja.
Te pregunto Carlos ahora por qué escribo
y te envío mecedoras.
Si te cuento lo que sueño no entristezco
a ningún amigo bueno que me escucha
por lo menos así pienso entumecido
ya a las puertas de esta noche.
¿Qué me espera?¿Quién se agita en la penumbra
que los párpados me cierra suavemente?
He aquí pues que vuelvo al sueño como un guante
del conejo que hay delante de mi fuente.
Guardo un trozo de casulla del gigante
pongo botas quito mangas cuelgo abrigos
traigo trapos y amontono las almohadas.
En un hoyo me cobijo, me hago el muerto
y en espera de que el sueño llegue aúllo.
Vuelve el viento, la casulla, la osamenta,
el gigante, el calcetín y la abubilla.
Mientras tanto, Carlos, rápido te envío mecedoras.
¿Las entiendes? ¿Tú las ves que te las mando?
Si entre tanto te lo cuento estate atento
al bicho ese que se sube por las barbas
es un tanto alocadillo y come mucho.
Al abrigo de la noria está la liebre
el molino escupe hilera de cipreses
el anciano da patadas al pesebre
el obispo zurce el culo de la avispa
y en el mango de la escoba vive el piojo.
¿No ves Carlos por la noche tú también
un portero con al hombro una escopeta?
¿Tiene una hija ese portero tú también?,
con la mano me hace señas y me enseña
una cosa mucilaginosa. ¿A ti no?
¿He de decir que me canso, que de cansar estoy vivo?
¿O he de decir que me vivo, que de vivir estoy canso?
Let me I write you, my dear.
Digo que me digas que digo
a estas cuatro paredes mi pena
mi congoja de hombre destartalado.
¿Soy yo cura, ámbito habito
o es el hábito del obispo
que hace al monje o no lo hace?
Sigo enviándote mecedoras,
cuídalas, límpialas, pómpalas,
góndolas, lámparas, ordéñalas,
albérgalas en tu pecho
que el sultán viejo lo dice:
si el refrán mata a la rata
pon tu casa enjabelgada
que a decir viene lo mismo.

Los recursos y tropos de este poema son múltiples. Está movido por la emoción; y la emoción, según el Manifiesto del Postismo, es un movimiento repentino del ánimo, teniendo en cuenta, además, que la imaginación que contiene se sitúa en el entorno vital de la creación postista. Muy marcado por la vitalidad este poema, ya que describe el tributo amistoso que ofrece Chicharro a su amigo Ory.

En este alargado texto, vemos que, siempre citando el primer manifiesto postista, “la poesía lo mismo nace de la idea que del sonido”, gracias a la libérrima utilización tanto de conceptos como de expresiones, mezclando ambos a través de una feliz osadía: “¿He de decir que me canso, que de cansar estoy vivo? / ¿O he de decir que me vivo, que de vivir estoy canso?”. En sus dinámicas cláusulas se produce muy visiblemente el poder ascensional de la palabra, despojándose del significado convencional y repleto de un vigor enigmático dotado de profundas raíces.

En su discurso, altamente poético, encontramos, desde el comienzo, numerosas figuras: aliteración (“trinos trece te estremece”), voces parónimas que se combinan también aliteradamente (“que tu casa es una cosa que no pasa”), cacofonías (“En el filo sutilísimo te escribo del estribo. Puesto el pie en el mismo digo como sigo por el hilo de tu higo en el higo sutilísimo que sigo. De mi casa a la tu casa sigo sigo”), acusados hipérbatos (“sueño papa manos pone tuyos hombros”), combinación de hipérbato y encabalgamiento (“¿No ves Carlos por la noche tú también un portero con al hombro una escopeta?”), etc.

Pero lo que llama poderosamente la atención es la seductora alteración de categorías que se da al final del poema, convirtiendo atractivamente sustantivos en verbos: “pómpalas”, “góndolas”, “lámparas”.

Vamos con un tercer ejemplo, cuya autoría es de Carlos Edmundo de Ory: el poema “Los dos hoplitas”. Ofrezco ahora sus enfáticos primeros versos:

En la casa de hermanubis
¡papay qué cómplice el viento!
un adúltero dios ópimo
cortó a la estela su pelo
de luz y en los malecones
qué onocrótalos de incendio
en la cratera de tierra
con un celeste licor
de tamarisco infinito
La luna cambió en amores
siempre con cabello negro
iba y venía del mar
al mar con espejos dentro
El duende en el caracol
con la oreja del ofidio
Allí los vio dos hoplitas
solemnemente cambiándose
el mismo caudal callado
solos con secretos verbos
La esponja sin crin ni ojos
junto a los dos peces épicos
dejó clavada en la arena
su cola y dejó su estómago
Los dos estaban mirándose
y eran sólo un universo

Para esbozar cualquier análisis de estos versos, ha de acudirse a postulados expuestos en el Tercer Manifiesto, que describe con sumo acierto el haz caracteres fundamentales de la producción postista, destacando el juego imaginativo, el imperio de la forma, un decorativismo rítmico-musical, una exaltación expresiva sensorial (“Nuestro horóscopo es la sensación”, proclama este Tercer Manifiesto). Todo ello llevado por un afán de creación estética muy libre, guiado por la intuición y, en la base de todo, la condición esencial que distingue el movimiento: la euritmia (buen ritmo), que es síntesis y paradigma de toda propuesta postista, y que se puede definir tanto como un dinamismo rítmico o, viceversa, un ritmo muy dinámico.

Aquí Ory, acopiando una redundancia de sonidos que refuerzan el sentido (como habla de su poesía su amigo el poeta Arcadio Pardo), demuestra en plenitud que lleva a cabo el juego postista propugnado en el programa de esta vanguardia. Juego que se materializa en cazar palabras en el aire. Juego que, como proclama el Primer Manifiesto, “está en la espina dorsal de toda obra postista”.

El discurso que estos versos exhiben se desarrolla en una “euforia contagiosa”, que se identifica con ese célebre lema de la condición postista: una “locura inventada”.

Hay que señalar que, a diferencia de los dos ejemplos anteriores, que fueron escritos después de “fenecer” el Postismo (aunque, recordemos, el Postismo conlleva un factor de permanente operatividad), este poema de Ory fue compuesto en plena vigencia de la praxis postista, entre los años 1945 y 1948.

En un libro escrito más de dos décadas después de la época postista, Técnica y llanto (1969-1970), Ory realiza en el poema “Tengo una fuerza” una especie de imitatio de la dicción enfática de Catulo con recursos postistas; unos recursos realzados por los seductores neologismos:

Besa mi cráneo dulcísima bestia
Béstiame bésame dame de besos
Haz el amor con el clown de mi cuerpo
Cuérponos juntos con toda pasión

La poesía de Ory tiene un carácter formal muy palpable: carece de puntuación y los poemas están dominados por una acusada esticomitia, fenómenos por el cual la unidad sintáctica coincide con la unidad métrica, como vemos que sucede en su poema “De mis sueños” de Los poemas de 1944:

En la ondulada vida de mis sueños
En las puertas de arena de mis sueños
En las orillas de betún de mi sueño
En las alcantarillas tórridas de mi sueño
Tropiezo con los ángeles antiguos
Y tropiezo con fuentes y  con muslos
Mi sueño es un atroz horno de humo
Y en mis sueños se queman mis manos cada vez

Si en el Postismo, en general, el poder de la palabra es preponderante, en la poesía de Ory lo es, casi más, el verso. Para reforzarlo, a la ausencia de puntuación se añade que cada verso empieza por mayúscula. Para algunos poetas, la unidad de la poesía es el libro de poemas, para otros el poema mismo; para otros, como Ory en el verso puede parecer que radica esa unidad.

Al Postismo, contrastando con otras vanguardias, la tradición no le repugna. En realidad, tradición y vanguardia están emparentados. Para la vanguardia, la tradición es el padre al que, freudianamente, hay que matar. La genuina vanguardia siempre es una contestación a la tradición, en el fondo respetuosa aunque no parezca en las formas. Dijo aquél que toda vanguardia es romántica, paradigma de la más alta tradición, en su día también rebelde con la tradición que había en su entorno. Buena parte de la poesía que se escribió bajo los parámetros postistas son sonetos y romances, o liras, en el caso de Carlos Edmundo de Ory.

Cultivaron los integrantes del Postismo un curioso experimento al que denominaron “enderezamiento postista”; consistía en adaptar a los aires de su ismo poemas de otros autores, como Machado, o piezas del folklore tradicional, como realiza Eduardo Chicharro sobre la canción popular “La Pájara Pinta”: “Estaba la Pájara Pinta / sentadita en el verde limón. / Con el pico cortaba la rama, / con la rama cortaba la flor. / Ay, ay, ay, / dónde estará mi amor.” Así queda el enderezamiento efectuado por Chicharro:

Estaba una pájara instante
florecida en la espera limón,
con la pasa recoge la meca,
con la meca recoge su amor.
¡Ay mi sol!

Estaba un despacio metido
pajarito en un verde belén
con el pico se sube al tejado,
con el sube echa a andar un por qué.
¡Ay mi bien!

Pajaraba una niña pintada
escupiendo en un negro cucú,
a la puerta contaba sus tutes
con, de, en, por, sin, sobre, tras tú.
¡Ay Jesús!

Se pintaba una pájara estando
asomada a la verja la infiel,
con la espera recorta su pena,
con su corta repena el querer.
Ay mujer!

Sentadita en un bosque de pájaros
la miraba su novio el azor
florecer con la hoja, el piquito
hojear…, la arrebata veloz.
¡Ay dolor!

Estabita la pájara estado
donde estuvo estandito no está,
ni recoge ni coge ni deja
al azor lo cogió un gavilán.
Ay mamá!

El Postismo persiguió insistentemente crear belleza, no abominar de ella, como expresaba el Surrealismo. El Postismo creyó en la técnica, perfectamente compatible de aplicarla al principio subconsciente de la creación. El Primer Manifiesto se define luminosamente afirmando que

El Postismo es el resultado de un movimiento profundo y semiconfuso de resortes del subconsciente tocados por nosotros en sincronía directa o indirecta (memoria) con elementos sensoriales del mundo exterior, por cuya función o ejercicio la imaginación, exaltada automáticamente, pero siempre con alegría, queda captada para proporcionar la sensación de la belleza o la belleza misma, contenida en normas técnicas rígidamente controladas y de índole tal que ninguna clase de prejuicios o miramientos cívicos, históricos o académicos puedan cohibir el impulso imaginativo.

Reafirmándose en que “la imaginación no tiene más instrumento que la técnica”.

En el verano de 1944 Ory y Chicharro se reúnen en Ávila, en casa familiar de este último, y, raptados por profusos e intensos veneros de inspiración, escriben en colaboración una serie de romances (una treintena), poniendo como título al conjunto Las patitas de la sombra.

Chicharro, mayor que Ory, enseñó muchas cosas a su discípulo y amigo. Y una de esas cosas fue detestar a Lorca, respingo muy de vanguardia, aunque luego los dos reconocieron que los romances de Las patitas de la sombra estaban plagados de influjos lorquianos. Así, el romance “El niño sigue roncando»:

Duerme su sueño el niño
con abanicos blancos
y ella le da de besos.
En soleares, hijo,
qué bonito es el verso
para el niño dormido.
Empiece usted la solfa
cuando no se oye nada
que el niño ya la ronca.
Esta noche es propicia
y sierra que te sierra
el niño en la cunita.
Cuando lleguen los trenes,
cariño, por la noche,
no tomará su leche
que tiene miedo el nene
que el nene que mi nene,
que la nana mi nene,
que la nona lo mece,
que a la una la luna,
que su mano le envuelve
mientras canta el sereno
que está sereno y llueve
que llueve de puntillas
que llueve que te llueve.

 

El Tercer Manifiesto del Postismo tiene un apoteósico final, jugando espléndidamente con la redundancia de sonidos que refuercen el sentido y reuniendo en un apretado y desenfadado fragmento las excelsas singularidades propugnadas en los nítidos postulados de la teoría postista:

La Trinaeria, usual emblema de Sicilia -y de alguna otra isla- es el signo electo del Postismo. El número 3, y su raíz “tri”, como toda trinidad, la Trimurti, un tridente, las palabras tris, trineo y trigue (tigre), la tripa (con correspondiente ombligo, sede, como se sabe, de la sabiduría oriental, por no por nada los postistas localizamos la fuerza creatriz en tres partes: cerebro, corazón y abdomen, tal vez estómago, de donde su principal fuente, el subconsciente, se halla en el estómago, apodícticamente “tripa”), por lo que sumamente postista resulta el infantil trabalenguas o triquitraque de “un tigre, dos tigres, tres tigres”.
… Nosotros: “El alma sensible en el nervio trigémino”…

 

Amador Palacios

 

Amador Palacios (Albacete, 1954) es poeta, traductor y crítico. Ha sido fundador, consejero o director de diversas publicaciones. Colaborador en numerosas revistas de literatura y suplementos literarios. En la actualidad es crítico de “Artes y Letras” de ABC, articulista de El Diario.es y colabora asiduamente en las revistas FronteraD, Campo de Agramante y Odisea Cultural. Miembro del consejo asesor de la Fundación Carlos Edmundo de Ory y uno de los principales estudiosos del movimiento postista. Becado durante varios años consecutivos por la Fundación Calouste Gulbenkian de Lisboa, es traductor de importantes poetas portugueses y brasileños (Cesário Verde, Camilo Pesanha, Miguel Torga, Casimiro de Brito, Lêdo Ivo y Vinicius de Moraes, entre otros). Miembro de la Real Academia Conquense de Artes y Letras (RACAL). Ha compilado sus estudios sobre la vanguardia poética española en diversos volúmenes. Biógrafo de los poetas Ángel Crespo, Gabino-Alejandro Carriedo y Dionisio Cañas. Su poesía ha sido recogida en 2018 en la antología Las palabras son nocivas, publicada por la editorial Pregunta de Zaragoza.

Nanda Papiri y los niñoz Lilla y Tony Chicharro Papiri, pintados por Eduardo Chicharro Briones
Nanda Papiri y los niños Lilla y Tony Chicharro Papiri, pintados por Eduardo Chicharro Briones

Imágenes: Las imágenes de este artículo forman parte del archivo personal de Amador Palacios. Fotografía tomada por el autor en casa de Lilla, hija de Eduardo Chicharro.

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