La pluralidad jerárquica: Micenas y su audaz sistema circular, por Tamara Iglesias

Dama de Micenas

La cinematografía nos ha legado cientos de ejemplos que redundan en la situación piramidal de nuestra sociedad, con un «héroe» todopoderoso en su cúspide y una antítesis pedigüeña soportando todo el peso de la base; dioses y adeptos obedientes, reyes y vasallos inconformes, amos y esclavos renegados… son algunas de las conceptualizaciones más comunes y erróneas que han sido marcadas por una historiografía más proclive a la imaginación que a la conciencia histórica.

La falta de objetividad ha encumbrado nuestra entelequia hacia una mitificación de la aureolada testa hegemónica que refuerza su estatus por medio de la supuesta legitimidad divina, hereditaria o ilustrada; pero lejos de esa realidad que, aunque te cueste creer querido lector, resulta más puntual que lineal, se encuentran los verdaderos patrones que el tiempo ha resuelto someter a la categoría de excepciones o particularidades.

Hablo, sin ir más lejos, de las conocidas Mesopotamia (donde el regente divinizado se encontraba supeditado por un consejo de nobles), Esparta (gestionada por dos reyes de las familias rivales de los Agíadas y Euripóntidas, así como por un conjunto de sabios denominados éforos) y por supuesto Micenas, situada en la península del Peloponeso y caracterizada por un sistema orbicular (no piramidal) que la hará protagonista del presente artículo.

Despuntando en el centro de esta esfera estratigráfica se encontraba el wanax (nombre que literalmente significaba «señor») una autoridad política y religiosa que podríamos equiparar a un regente con funciones religiosas y administrativas; las primeras consistían en el oficio del culto sagrado (al modo de un sacerdote), destacando especialmente la fiesta anual del wanasewijo en la que el wanax reafirmaba su contacto con los dioses y repartía sus favores entre el «damos» (conjunto de la población que en Grecia sería denominado «demos» para adecuarla a la pronunciación de la Éllada) que concurría en el palacio, lugar que (en contra de lo esperable) se mantenía abierto y a disposición de los ciudadanos en todo momento, aunando las ocupaciones sagradas y de culto con las funcionarias. Las segundas eran divididas entre núcleos poblacionales semejantes a distritos (según los registros de Pilos existirían cerca de 16) pequeños e independientes que sólo respondían ante el rey en casos extremos o muy excepcionales: invasiones extranjeras, erecciones de palacios o tholoi (tumbas circulares coronadas por una cúpula en aproximación de hiladas), pleitos entre distritos… etcétera.

El resto del tiempo, eran administrados por los basileis que actuaban con notoria libertad y se encargaban del correcto funcionamiento y tributo de su aldea (algo parecido a la gestión de los alcaldes contemporáneos); en este sentido, me parece interesante hacer un alto para comentar las similitudes y diferencias de esta figura en comparación con el basileos griego (de nuevo vemos aquí la adaptación fonética y terminológica elaborada por la «cultura tomadora», que conduce inexorablemente a la mutación de su conceptualización): en la época arcaica se recogió esta designación para aludir al propio monarca, pero con la llegada del periodo clásico se aplicó como un cargo del funcionariado de la polis encargado de libaciones divinas y acciones mediadoras en procesos judiciales (siendo de carácter hereditario y vitalicio pero sojuzgado a la potestad de un consejo de ancianos, el geronte); a cambio de desarrollar correctamente su ocupación, el «demos» le otorgaba un terreno sobre el que construir el oikos (domicilio) acorde a su posición.

Para la cultura micénica, sin embargo, la implicación sacerdotal (ya cubierta por el wanax) o la dación de una parcela arable (teniendo en cuenta que toda área explotable se consideraba comunitaria) habría sido inconcebible; en su lugar, la única retribución que recibía el basileis micénico por sus quehaceres era el orgullo de saberse vigilante de las kekemena (haciendas públicas) así como albergar su propia casa en los temenos (nombre con el que se acreditaba la «división» de los pedazos de suelo estatal).

Pero aunque el basileis hiciera correctamente su labor, el wanax seguía necesitando de una burocracia ramificada a gran escala que permitiera una gestión y organización más notoria y detallada; es por ello que empleó a los heketai, un séquito de aristócratas escogidos por él mismo (habitualmente familiares cercanos) encargados de lidiar en conflictos excesivamente nimios para el rey pero lo suficientemente trascendentales como para que el basileis no pudiera hacerse cargo (ejemplo de ello eran los casos de litigios por herencias parentales que acababan en cruentos homicidios); digamos que su función es bastante parecida a la que tendría una diputación actualmente, con el añadido de que también actuaban como embajadores en misiones diplomáticas y como oficiales del ejército, reuniendo a los hombres en tiempos de guerra y entrenando a las tropas.

En este punto, debo subrayar que a diferencia de Grecia (en la que la fuerza armamentística quedaba reducida a la capacidad pecuniaria de cada soldado), Micenas proveía de todo el equipo necesario a sus huestes independientemente de su rango o clase; hechos como estos promovieron que Solón instituyera un corte estratigráfico según parámetros monetarios en Grecia, mientras que en Micenas se optó por una llamativa equidad social.

Tanto es así que, al margen de costumbres posteriores, el wanax no recibía un tributo privado de su «damos» si no que todo gravamen mensual o anual era acodado en las arcas palaciales y repartido luego de manera equitativa entre todos los distritos; el único usufructo privado del que podía disponer este «pseudo-rey» eran los beneficios obtenidos del trabajo en su parte del temenos, que habitualmente solía ser cinco veces más grande que el de dignatarios de trascendencia como los telestai o sacerdotes que poseían una ktimena (un pedazo de labrantío en el que se gestionaba el cultivo de numerosas ofrendas hieráticas) o tres veces más grande que el de los lagetes, generales encargados del manu militari, que contaban con su propia residencia independiente en el palacio real y que funcionaban como «vicepresidentes» o manos derechas del wanax.

Como ves, querido lector, esta esfera giratoria se convirtió en un sistema supeditado entre sí, con una raíz central de la que partían numerosos brotes y que, hasta cierto punto, podría incluso recordarnos a nuestro sistema contemporáneo en algunos elementos.

La misteriosa caída de Micenas durante el colapso de la Edad de Bronce (junto a imperios como el casita o el hitita) provocada muy posiblemente por un desastre natural o por las invasiones de los dorios y los llamados pueblos del mar, provocó la pérdida de un enorme segmento de esta interactuación simbiótica que poco a poco está comenzando a resurgir en nuestra superficie historiográfica, centrándose en la típica ciclicidad (continua cual calendario maya) que las investigaciones profesionales permiten traslucir.

 

 

Tamara Iglesias

 

Tamara Iglesias (Galicia, 1991). Graduada en Historia del Arte, ha centrado su actividad profesional en la docencia y la divulgación histórica por medio de conferencias para
colectivos pedagógicos y culturales, así como por una asidua colaboración en diversos magazines entre los que destacan Culturamás, HA!, OCésarONada, Acento Cultural y MoonMagazine, entre otros. Comisaria de exposiciones para museos, centros y asociaciones culturales en localidades de España e Italia (la más reciente “Intraimpresionismo” de A.Tellería), despunta su participación  en múltiples investigaciones, especialmente la de M.Uzuaga sobre sogueados protoindoeuropeos y la de H.Ochoa respecto al comercio mediterráneo durante la Edad Media. A partir de disciplinas como la estética del arte, la heurística anacrónica y la historiografía heteróclita creó los términos del “supra” y la “idiosis”, referenciados en sus publicaciones y sobre los que actualmente se encuentra investigando. Escritora por vocación, publicó “O gato negro” en 2005 en un volumen monográfico llamado “Cousas do Catelao”, un trabajo narrativo que continúa en una serie de novelas que (de momento) no están a disposición del lector.

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