Muchos son los palos que ha tocado en su trayectoria, de una manera contundente, Alfonso Armada. Su máximo prestigio le viene dado por su dedicación al periodismo, habiendo trabajado en los diarios El País y ABC, como corresponsal en ambos, habiendo sido reportero de guerra en el primero y director de ABC Cultural. Informó del derrumbe de las Torres Gemelas en Nueva York. Frutos de estos trabajos son algunos de sus libros: Sarajevo. Diarios de la guerra de Bosnia, Cuadernos africanos o, entre otros, El rumor de la frontera. Viaje a lo largo de la frontera entre Estados Unidos y México. Comenté con el propio Alfonso este libro, donde él recorre los miles de kilómetros entre los dos países, y me dijo que hoy este itinerario ya no se podía realizar, pues resultaría un viaje muy inseguro. Una cosa buena de sus libros sobre guerras, como ocurre en el dedicado a Sarajevo, es que recoge los artículos que tenía que enviar al medio en cuestión pero añadiendo, en el volumen, el diario personal que él iba redactando simultáneamente y que en el periódico no salía. En la actualidad es el director y editor de la revista digital FronteraD, también fundada por él. Durante unos años fue presidente de la sección española de Reporteros sin Fronteras.
Se licenció en periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, si bien Armada nació en Vigo, y también estudió arte dramático en la RESAD, asimismo en Madrid. Es autor de una considerable producción teatral. En Vigo y Santiago de Compostela fue miembro de compañías teatrales en ese entorno gallego. Subdirector de la revista Teatra, que tuvo una larga andadura, desde 1983 al 2002. Son varios sus libros de poemas, los más escritos en gallego, mas también otros, muy significativos, en castellano. Ahora se acaba de publicar una selección poética de una obra de Alfonso Armada escrita en gallego, TSC. Diário da noite, que él escribió cuando sólo contaba 24 años, escribiendo un poema cada día (de ahí TSC: trescientos sesenta y cinco), y que se mantuvo inédito hasta que Edicións Xerais de Galicia publicó el poemario completo en 2009.
El también periodista Íñigo Linaje, que escribe en El Correo, de Vitoria, donde reside, y a su vez poeta, ha traducido esta selección de Diario de la noche para la editorial maña Olifante. La edición no es bilingüe. Y esto me ha hecho recordar al poeta Ángel Crespo, excelente traductor, quien defendía que las ediciones de poesía no fuesen bilingües, pues el manchego decía que si una novela extranjera no la adquirimos en los dos idiomas, ¿por qué la poesía sí? En esto no estaba de acuerdo otro gran traductor, y amigo de Ángel Crespo, Enrique Badosa, además de poeta y traductor, sobresaliente editor de poesía. Badosa siempre daba sus traducciones poéticas, sobre todo sus impecables traducciones de los poemas de Horacio, en latín y castellano.
En aquellos años, el joven poeta Alfonso Armada, escribía como los jóvenes poetas de entonces, poniendo mucho testimonio al asunto, mucha noche y mucho viaje, de forma que la noche y los trenes son dos grandes constantes del poemario: “Por cierto, que de la noche / no me despido nunca. […] El tren que arranca, / me da una nueva cobertura, / me reconozco menos herido”. En su vitalidad, en ese tiempo, el poeta se declama a sí mismo: “Escribo / No doy cuenta del llanto”, escribiendo algunos poemas sin puntuación, incluso sin punto final, muy del afán de experimentación de la época. Pero el fondo sería: ¿Escribir es llorar? Ese poeta que fue Alfonso Armada deambulaba por la noche, tomaba trenes, pero era también consciente, y bien consciente, de su camino interior, “pues he de atravesar / un invierno llamado yo mismo.” Ese yo que se autoanaliza, que se autocritica al verse hallado en un entorno que en ocasiones se muestra hostil (cruda metáfora del paso del tiempo), madurando ya el claro pensamiento poético de su futuro como nítido poeta: “El imbécil que ocupas / sigue huérfano en los mares del deseo / cayendo cada tanto / en las manos de un verdugo llamado realidad.”
Su libro posterior, Cuaderno ruso, publicado en la conocida editorial poética Bartleby en 2017, escrito más de treinta años después de Diário da noite, nos ofrece, qué duda cabe, una más depurada calidad. El verso de uno de sus poemas, “la herrumbre que se come el destino”, es metáfora eficaz, paralela a la realidad de la que parte, abigarrada y confusa, En este libro hallamos las ventajas del poema narrativo. La poética de Cuaderno ruso hace avanzar muy bien el modo de esperar el poema. Esperar, sobre todo, ese primer verso que dan los dioses, como Paul Valéry aventuraba: “No se pueden escribir poemas como se orina: / así se degrada la existencia. / Es mejor quedarse quieto, / esperar otro momento, / resistir.”
La poesía de Alfonso Armada se entiende, tal como defendía Luis Alberto de Cuenca ese carácter de la poesía en unas declaraciones que hace unos días le escuché. Ha de entenderse por muy irracional se sea su concepto, la impronta de la imagen o la forma. La entendemos pese a que Armada diga “la hierba de metal”, “bosques de yeso”, “cobrizos campos de patatas”. Hay que evitar, como el poeta evita, dejar correr un monólogo pedestremente comunicativo. La poesía, como proclaman algunos sabios, puede comunicar, pero no es esa su esencialidad. Este Cuaderno ruso da visiones, plenas en un cabal ajuste poético, de un mundo transcurriendo por elementos azarosos: “Aquí venimos los desterrados hijos de Eva. / He visto llover sobre la calle / y escuchado el fragor de los trenes. / Bosques que van quedando atrás, / etapas de un lento abatirse / por llanuras tan tristes como tu espalda después del amor.” Magnífica figura la de este último verso.
Es admirable que este libro resuelva, en algunos muy buenos versos, la duda que, como alta afirmación poética, la poesía establece reforzando su realidad: “La noche sigue siendo probablemente mortal”. Como en Diario de la noche, en Cuaderno ruso, haciendo honor al título, hay recuerdos viajeros, recorridos por esos países de esa Europa oriental que si estuviese unida con la occidental, sería la potencia del mundo. El libro posee muchas virtudes, logra muy buena disposición en la sucesión de las frases, sus variaciones gramaticales, sus tiempos, la alternancia entre las frases categóricas, las afirmativas y el contrapunto de las adversativas, dando plasticidad al relato y obteniendo un discurso poético extremadamente rico. Hay estrofas que exhiben, con precisión, y su correspondiente gracia verbal, la simultaneidad de la acción: “ver, vivir, beber el mar, / mientras el aire limpio me libra de pensar”. La dicción refuerza la acción por la oportuna aliteración. Pido perdón por la cacofonía.
Amador Palacios
Amador Palacios (Albacete, 1954) es poeta, traductor y crítico. Ha sido fundador, consejero o director de diversas publicaciones. Colaborador en numerosas revistas de literatura y suplementos literarios. En la actualidad es crítico de “Artes y Letras” de ABC, articulista de El Diario.es y colabora asiduamente en las revistas FronteraD, Campo de Agramante y Odisea Cultural. Miembro del consejo asesor de la Fundación Carlos Edmundo de Ory y uno de los principales estudiosos del movimiento postista. Becado durante varios años consecutivos por la Fundación Calouste Gulbenkian de Lisboa, es traductor de importantes poetas portugueses y brasileños (Cesário Verde, Camilo Pesanha, Miguel Torga, Casimiro de Brito, Lêdo Ivo y Vinicius de Moraes, entre otros). Miembro de la Real Academia Conquense de Artes y Letras (RACAL). Ha compilado sus estudios sobre la vanguardia poética española en diversos volúmenes. Biógrafo de los poetas Ángel Crespo, Gabino-Alejandro Carriedo y Dionisio Cañas. Su poesía ha sido recogida en 2018 en la antología Las palabras son nocivas, publicada por la editorial Pregunta de Zaragoza.
Imágenes: La imagen de portada de este artículo ha sido facilitada por el autor a Odisea Cultural.