La trágica búsqueda de autenticidad en un mundo colectivo, por Alejandro García Calatayud

Pintura de Nikolay Karazin basada en la novela Crimen y castigo de Fiodor Dostoievski (Wikimedia Commons)

Ah, la individualidad… Ese concepto romántico que todos afirmamos perseguir mientras, en realidad, seguimos siendo piezas móviles dentro de la maquinaria de la sociedad. Nos dicen que debemos ser “únicos”, y nosotros nos empeñamos en serlo, de mil maneras diferentes.

Hasta que llega el momento en que nos damos cuenta de que lo que creíamos una declaración de nuestra autenticidad no es más que un eco deformado
de lo que se espera de nosotros. Pero esta tragedia no solo ocurre en el día a día.

También se despliega en las páginas de obras literarias clave, como Crimen y castigo de Dostoyevski y Asfixia de Palahniuk. Ambos autores, a su manera y desde ángulos muy distintos, exploran la lucha desoladora de un ser que intenta escapar del “nosotros”, de la multitud que lo define, solo para descubrir que la verdadera tragedia no está en el enfrentamiento con la sociedad, sino en la alienación que surge al intentar afirmarse fuera de ella.

El contexto histórico y filosófico: la larga sombra del “nosotros”

Echemos la vista atrás: la Rusia zarista del siglo XIX, un país en plena transformación, envuelto en debates ideológicos radicales que van desde el nihilismo hasta el marxismo. En medio de este hervidero de ideas revolucionarias y tensión social, el individuo comienza a ser concebido como un ser autónomo, aunque incapaz de hallar su espacio dentro de las viejas estructuras de poder. Este es el trasfondo histórico y filosófico en el que Fiódor Dostoyevski escribe Crimen y castigo. Es fundamental tenerlo presente si queremos entender la compleja relación entre el ser humano y la sociedad.

Bien, ¿qué pretende Dostoyevski? Pues no solo hacer una crítica moral, como deberíamos esperar, sino presentar la angustia existencia de un joven que, inspirado por la modernidad, busca construir una moralidad propia y, ahí es nada, trascender a la humanidad. En efecto, Rodion Raskólnikov está convencido de su genialidad y, por eso, se siente autorizado a violar las normas sociales de la manera más simple: eludiendo la moral común en nombre de su voluntad personal. Raskólnikov se enfrenta a la moralidad desde una posición casi filosófica y radical.

Muy distinto es el planteamiento de Chuck Palahniuk en Asfixia. Su protagonista, Victor Mancini, vive una especie de nihilismo trivializado. No busca trascender. Solo quiere encajar, y lo hace de la forma
más absurda posible: finge ahogarse en público para que unos extraños lo salven y, de esa manera, lo “rescaten” dándole dinero. En un mundo donde el consumo es el único idioma posible, Mancini opta por despojarse de su humanidad y se convierte en un producto más dentro de la vasta maquinaria del capitalismo posmoderno.

Raskólnikov: el genio que se autodestruye

En Crimen y castigo, Raskólnikov está convencido de que cometer un crimen puede convertirlo en un ser superior. Piensa que si transgrede las leyes puede alcanzar una suerte de “gran intelectual”. De hecho, su justificación de asesinar a una usurera es tan simple como esta: “La cuestión no es si tengo o no derecho a hacerlo, la cuestión es si soy capaz de hacerlo” (Dostoyevski, 2008).

Desde luego, no es el dinero lo que mueve a Raskólnikov a cometer un crimen. Él lo que quiere es probar su teoría de que existen “hombres extraordinarios” que están por encima de la moralidad común. Para él, la transgresión es más que un medio. Es un fin en sí mismo. Es un intento de escapar de lo que considera una sociedad vulgar que lo restringe.

Pero, para su desgracia, Raskólnikov no es capaz de anticipar el sufrimiento que esto le provocará. La culpa lo devora. El dolor psicológico y la paranoia se apoderan de él lentamente y, entonces, la aparente liberación de su individualidad se convierte en una condena insoportable. La profundidad de su sufrimiento interno desintegra por completo su creencia de que puede separarse de las leyes y la moral humana. A lo largo de la novela, Raskólnikov se debate en una dura lucha interna.

Al tratar de escapar del “nosotros” (la moral colectiva), se condena a sí mismo a un aislamiento más profundo. En su delirio, se pregunta: “¿Soy un hombre o un dios? Yo soy un dios, pero no soy nada” (Dostoyevski, 2008). Esta afirmación refleja la tragedia de su concepción de la individualidad. En su intento de afirmarse como un ser único y trascendental, Rashkólnikov se ve a sí mismo como alguien superior a los demás. Pero, en realidad, esta “superioridad” lo convierte en alguien completamente alienado. Alguien incapaz de encontrar consuelo o redención.

En términos existenciales, podemos afirmar que Raskólnikov es un claro precursor de los personajes que más tarde poblarán la literatura del siglo XX. Pensemos en Meursault, en El extranjero de Albert Camus. Su desapego emocional ante la sociedad presenta una forma diferente de rebelión con el “nosotros”. Pero, a diferencia de Meursault, que opta por la indiferencia ante la moralidad común, Raskólnikov es un hombre que desea convertirse en un “elegido”. Sin embargo, su desesperada lucha por ser único lo consume por completo.

Victor Mancini: La comedia del vacío existencial

Veamos qué ocurre en Asfixia de Chuck Palahnik. En su lucha contra la conformidad, Victor Mancini no busca la transcendencia. Aspira a la supervivencia emocional en una sociedad cada vez más vacía. No está interesado en rebelarse contra las leyes morales o filosóficas de la sociedad. Su rebeldía es, más bien, una parodia grotesca del vacío de la existencia humana en un mundo capitalista que convierte a las personas en consumidores y productos. Victor se ahoga deliberadamente en restaurantes para que los extraños lo salven y lo compensen económicamente. Su acto desesperado es una manera de afirmar su existencia, aunque sea de la forma más patética imaginable.

La alienación de Victor es palpable en su insistente reflexión sobre la vida moderna, donde la individualidad se ha convertido en una mercancía más. En un tono no exento de humor negro, Palahniuk critica la superficialidad de la sociedad capitalista, que convierte todo lo que toca, incluidas las relaciones humanas, en transacciones. Victor Mancini es incapaz de encontrar un sentido a auténtico a su vida, de modo que se ve obligado a recurrir a una comedia macabra, un acto de desesperación en un mundo que lo ha despojado de cualquier sentido profundo.

Esta frase de la novela ilustra a la perfección el modo en que la autenticidad no solo es esquiva sino una ilusión absurda en el cultura de la posmodernidad: “Si no sabes qué quieres, lo único que te queda es fingir que lo sabes” (Palahniuk, 2000).

Conexiones literarias: La alienación y el absurdo existencial

Las conexiones entre Crimen y castigo y Asfixia son múltiples. En ambas obras, la alienación, el nihilismo y la crisis existencial se amplifican y se multiplican. La angustia existencial de los personajes de Dostoyevski y Palahniuk, junto con la lucha del individuo contra el conformismo social, han sido exploradas de distintas maneras en la literatura.

En obras como 1984 de George Orwell, El hombre en busca de sentido de Viktor Frankl o La metamorfosis de Franz Kafka, el ser humano es reducido a una entidad sin rostro dentro de una maquinaria social que lo consume. Winston Smith, en 1984, es un hombre cuyo deseo de libertad es destrozado por un estado totalitario, mientras que Gregor Samsa, en La metamorfosis, se enfrenta a la deshumanización, no solo por su transformación en insecto, sino por la indiferencia de la sociedad hacia su sufrimiento. En todas estas obras, el individuo se enfrenta a una realidad que, a sus ojos, carece de propósito. Y es esa confrontación lo que, en última instancia, marca el comienzo de la tragedia.

Raskólnikov y Mancini encarnan la lucha del ser humano moderno para encontrar una forma de autonomía dentro de la vorágine social en que viven. El primero es un joven intelectual que, como los personajes de la Ilustración, se ve a sí mismo como un ser superior que pretende redefinir el mundo a través de sus génesis moral, desechando los lazos sociales. El segundo es un antihéroe posmoderno que se ha disuelto
completamente en la grotesca comedia del consumo, donde cada aspecto de su ser no es más que una transacción. A pesar de sus diferentes contextos, ambos personajes comparten la misma pregunta existencia: ¿Quién soy yo si no soy el reflejo de la multitud que me rodea?

Sin embargo, ninguno de los dos logra escapar de la tiranía del “nosotros”. En Crimen y castigo, Raskólnikov emprende un viaje de autodefinición en la creencia de que puede construir una nueva moral, separada de la estructura social. Pero al final, se da cuenta de que el asesinato no lo libera de su culpa. Por el contrario, lo empuja hacia una inmensa soledad, un lugar donde su alma se consume en el aislamiento. A lo largo de la novela, Dostoyevski explora la psicología de Raskólnikov, al mismo tiempo que presenta a otros personajes que representan el “nosotros” del que él intenta escapar: Sonia, la prostituta redentora, o Dúnia, la hermana que busca su propio camino en un mundo que la limita. De este modo, Dostoyevski defiende la idea de que ser un ser superior solo lleva a la destrucción. Es en esta contradicción donde reside la trágica verdad de la individualidad desmesurada: el hombre que se enfrenta al mundo sin comprenderlo acaba siendo engullido por el vacío.

Victor Mancini es, sin embargo, un producto del silgo XXI. Un hombre que no aspira a ningún tipo de grandeza intelectual. Su único objetivo es llenar su vació existencia mediante actos absurdos. En Asfixia, la crítica al capitalismo y al vacío emocional posmoderno se muestran en su forma más grotesca. Mancini no lucha por convertirse en un ser único y trascendental, sino por ser visible, por existir dentro del horizonte plano de la sociedad de consumo. Su existencialismo es una especie de nihilismo caricaturizado, en el que la única forma de resistir el vacío es ocupar el espacio con algo: con lo absurdo, con la repetición, con el simulacro.

La alienación de Mancini no está en el acto de resistirse a la sociedad, sino en el hecho de que la resistencia misma ha sido absorbida por el capitalismo y la cultura de la imagen. Y ahí radica la diferencia fundamental: Raskólnikov aún cree en la posibilidad de una moral autónoma, pero Mancini ni siquiera tiene esa esperanza.

Aunque se sitúan en épocas diferentes y encarnan formas distintas de alienación, ambos personajes reflejan una misma tragedia: el intento fallido de escapar de una realidad que se convierte en un laberinto sin salida. La crisis existencial de Raskólnikov, su tentativa de divinidad y su derrota final, resuena con la fatalidad de Mancini, quien no encuentra nada más allá del vacío del consumo, salvo el eco de su propio fracaso. La pregunta sigue siendo la misma: ¿Cómo ser uno mismo en un mundo que nos define y nos reduce a roles, identidades, etiquetas?

La tragedia del individuo: reflexión final

Entonces, ¿qué podemos extraer de esta tragedia del individuo? La individualidad, en su forma más pura, no es un proceso liberador, sino un campo de batalla. La lucha entre el “yo” y el “nosotros” no se resuelve, ni se salda. Tampoco se reconcilia. La búsqueda de la autenticidad en un mundo que impone constantemente normas, expectativas y valores colectivos es, en última instancia, un combate que lleva a la desintegración del ser. La tragedia no reside en la opresión externa, sino en la imposibilidad de vivir fuera de la órbita de lo social: somos seres constituidos por relaciones, por el reflejo de los otros.

No podemos existir sin la multitud, porque, al final, la multitud nos ha creado. La pregunta fundamental que Raskólnikov y Mancini nos dejan es esta: ¿Es posible ser realmente uno mismo en un mundo que nos exige ser lo que no somos?

En el caso de Raskólnikov, la respuesta parece clara: no. Su tentativa de separar su “genialidad” del sufrimiento humano lo lleva a la locura. En Asfixia, Palahniuk da una respuesta irónica y desesperanzada: no importa lo que hagas, todo está prefigurado, todo está consumido.

La individualidad no es una rebelión contra la norma, sino una simulación de rebelión en un sistema que ya la ha absorbido. Algo como el ahogamiento fingido de Mancini, que parece ser un acto de resistencia, es en realidad una adaptación grotesca a la necesidad de pertenecer, incluso si esa pertenencia es absurda. Lo más desgarrador de ambas historias es que, al final, la tragedia no está en los actos de los individuos, sino en el modo en que lo personajes se ven atrapados en su propia búsqueda. La lucha por el “yo” termina por aniquilar lo que precisamente se pretendía preservar: la autenticidad.

Lo que Raskólnikov y Mancini finalmente descubren, en su dolor y desesperación, es que el “yo” no existe en una forma pura, separada del “nosotros”. El acto de diferenciarse, de romper con la multitud, es en sí mismo un acto que nos lleva al aislamiento, a la alienación, y, en última instancia, a la destrucción de cualquier intento de autenticidad.

En la posmodernidad, esa lucha por el “yo” se convierte en una farsa. Vivimos en una era donde todo es fragmentado, todo es un simulacro. La pregunta ya no es si podemos ser auténticos, sino si realmente importa serlo.

El desafío entonces no es cómo ser único, sino cómo sobrevivir dentro de un sistema que ha hecho del vacío un mercado, de la alienación una mercancía, y de la lucha por la individualidad una tragedia en sí misma.

Quizá lo único que nos quede sea aceptar que no hay respuestas fáciles, y que la tragedia del individuo, más que un final, es un proceso sin cerrar.

 

Alejandro García Calatayud

 

Alejandro García Calatayud (Ciudad Real, España). Licenciado en Filología Inglesa y profesor de enseñanza secundaria. Autor de novelas y relatos cortos. Ganador del “VII Premio de Nueva Novela Corta Salvador García Aguilar con la novela La escuela (2008).

 

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